
Todos los días se sentaba en aquella silla de escay frente a su escritorio, esperaba ante el papel a que la inspiración le llegara, pero todas las noches se acababa durmiendo con la hoja en blanco.
Tenía una obsesión y tenía que acabar con ello, se lo había prometido.
Encendía un cigarrillo, se lo fumaba con la mirada perdida sin rumbo fijo.
Así se le pasaban las horas...